NOTA: Los personajes originales pertenecen a Disney©

En un bar bastante alejado del centro del pueblo, cuyo nombre es La Langosta Roja, en una salita privada encontramos a unas personas que desde su llegada no mostraban ningún interés ni deseo en llamar la atención. El dueño del local, nervioso y ansioso por tanto enigma e intriga, era el que los conducía al lugar de reunión aquella noche. Desde hace semanas estos personajes se habían estado reuniendo en su local, y a cambio de su sutileza y servicio le daban un dinero extra cada vez que asistían, como agradecimiento por no incumbirse en sus asuntos. De haber sido un hombre de alto nivel moral el dueño hubiera llamado a la policía o a un detective para acabar con semejante evento, pero para su desgracia no lo era. En cuanto estas personas, sus conversaciones en aquella salita eran discretas, y parecía ser que alguien siempre estaba cerca de la puerta para vigilar que no hubiera oídos curiosos cerca. Los últimos en llegar siempre eran una figura femenina, esbelta y alta; y un hombre de quince centímetros menor a ella en cuanto a estatura se refiere. Ambos al igual que el resto del grupo ocultaban sus facciones y su estructura corporal con bufandas, lentes oscuros, sombreros inmensos, abrigos gruesos y, aunque no sabemos si fuera una posibilidad, quizá hasta pelucas.
La pareja después de preguntar al dueño sobre la presencia de sus compañeros y obtener una respuesta afirmativa, se dirigió a la entrada habitación de reunión. El hombre cortésmente se encargó de abrir la puerta y le dio a la mujer el acceso a la salita. Una vez adentro y con la puerta cerrada, mientras se quitaba su bufanda de seda negra, la mujer le ordenó a su acompañante:
- Diaval, quédate cerca de la puerta y vigila que no haya turbios al otro lado.
Un hombre de piel oscura fue el primero en recibir a la recién llegada.
- Hasta que finalmente llegas Nany. Unos minutos más sin que aparecieras, y ya iba por la tercera copa…
- Si no es de mucha molestia, me gusta más ser llamada srita. Audley, Sr. Facilier.
- Vale, vale, no es para que se altere madame.
- Olvidemos ese asunto minoritario y es hora de que hablemos del tema principal- dijo la srita. Audley mientras tomaba asiento en un sofá verde algo desgastado por el tiempo- ¿Va hasta ahora todo bien con el plan?
- Acabamos de enterarnos de que el señor Balthazar ha sido arrestado esta tarde.- dijo con una voz profunda y grave un hombre de tez morena, calvo, y de cara alargada adornada con una barba negra estilizada - El muy cretino actuó antes de siquiera saber si su ama era dueña de una de las llaves.
- Me interesa saber esa historia- dijo la srita. Audley.
- Al parecer la señora Bonfamille iba a heredar a su hija adoptiva y a sus 3 nietos todas sus posesiones, y en caso de un incidente, la fortuna sería para nuestro querido Edgar. Creo entender que con el objetivo de ser él el que recibiera aquellas riquezas, secuestró a la madre y a sus hijos y los abandonó a las afueras del pueblo, en uno de los bosques del sur. Desafortunadamente para él los herederos regresaron a casa con algo de ayuda y fue denunciado con la policía.
- ¿Y habló de nosotros en la corte?- dijo la srita. Audley, que no estaba satisfecha con el descenlace, y si la cosa empeoraba, también lo estaría su estado de ánimo.
- No se altere madame, fuimos más rápidos que el tribunal –dijo otro hombre de complexión bastante corpulenta, de tez blanca y de cabello oscuro peinado hacia atrás y amarrado, que usaba un bigote fino al igual que su pequeña barba. Su voz sonaba bastante aristocrática. – Antes del día de su juicio, contratamos a unos hombres para que lo hicieran desaparecer y que no abriera la boca. Creo que en este momento estará dando un bello paseo por Timbuktú.
- Felicito su estratégica solución caballeros.- dijo la srita. Audley con una falsa sonrisa en los labios, a la vez que sacaba de su bolso de cuero negro un periódico enrollado – Han sido tan sutiles y tan prudentes en la desaparición del Sr. Balthazar, que la noticia ha aparecido en los titulares principales- la última frase la pronunció en un tono de voz más elevado y su semblante sonriente se transformó en uno de reproche y desaprobación. Rápidamente desenrolló el periódico y lo arrojó contra la mesa de madera que se hallaba en el centro de todos los presentes. - ¿Creen que no estoy informada sobre la situación? El problema con ustedes es que no piensan antes de actuar.
- Disculpe señorita, alguien se acerca. – Interrumpió Diaval desde la puerta. En ese momento todos actuaron serenos cuando llegó el dueño del local con unas bebidas servidas en una bandeja de plástico rojo. –No se moleste, yo se las sirvo, muchas gracias.- dijo Diaval mientras le arrebataba la bandeja y le insinuaba al tabernero que se fuera. Una vez que la puerta se cerró y las bebidas fueron repartidas, la discusión prosiguió.
- Si no bastaba con la insensatez de ese hombre, ustedes lo empeoraron más. Lo que han hecho hará que la policía investigue. Incluso el mismísimo alcalde sabrá que sus apreciadas llaves están en peligro y contratará detectives y habrá interrogaciones y examinaciones.
- ¿Entonces que nos hubieras propuesto tú, querida Nanette, para hacer callar al mayordomo?- preguntó el Sr. Facilier. La srita. Audley se quedó callada por un momento, ya que para ser sinceros, sus opciones tampoco eran convenientes para las circunstancias en las que se encontraban. De un modo u otro, todo terminaría en sospecha y ella sería de los primeros en ser interrogados.
- Está bien, ustedes ganan esta vez. Pero lo que hicieron Edgar Balthazar y otras gentuzas les sirva de moraleja, no quieran llamar la atención de la ley. Y a partir de hoy seremos más cautelosos.
Todos estuvieron de acuerdo. Aunque algunos estuvieran del lado de Nanette Audley, otros de mala gana asintieron, ya que todavía querían actuar a su manera.
- Y dime Mabel, ¿has conseguido persuadir al abogado? – le preguntó Nanette a la única mujer que había en la habitación aparte de ella. La mencionada era una dama de bellas facciones: su tez era fina y blanca, y su rostro estaba perfectamente decorado con sombras ligeramente moradas y labial color rojo pasión. Sin duda era una mujer que no podía evitar llamar la atención.
- Me pregunto cómo habrá persuadido a ese vulnerable caballero- dijo sarcásticamente el señor Facilier, con una mirada divertida hacia la mujer, quien se limitó a verlo con una mueca de desprecio.
- Sí mi estimada Nanette,- respondió la susodicha –mañana el abogado estará muy temprano cerca de mi casa, y cuando esa niña vaya a clases, lo recibiré en la entrada.
- Y posteriormente nos contarás lo que te dijo, y veremos si es necesaria una ayuda extra para conseguir lo que queremos
Facilier vuelve a interrumpir:
- Sé que soy nuevo en éste negocio, y por ende necesito que me vuelva a decir por qué son tan importantes esas susodichas llaves para nuestros planes, srita. Nanette. ¿No bastaría con usurpar el poder y quitarles la fortuna a todos los ricachones de Nortmadis?
- Las llaves juntas abren las cerraduras de una gran bóveda que contiene las más grandes riquezas y según la leyenda hay algo más allá que no es de este mundo.
- ¿Y usted creé en todos esos cuentos y leyendas supersticiosas?- preguntó el hombre corpulento.
- No creo señor Ratcliffe, yo sé que hay algo más que las máximas autoridades ocultan además de ese tesoro, y cuando obtengamos las llaves ustedes se podrán repartir lo que haya en la bóveda, pero yo conseguiré mi venganza.
- Vaya señorita Audley, usted es maldad pura, una maleficencia diría yo.- dijo Mabel con una sonrisa en los labios.
-Mejor aún, una "maléfica"- dijo Facilier haciendo reír ligeramente a los presentes. La srita. Nanette respondió:
-Mejor aún, una "maléfica"- dijo Facilier haciendo reír ligeramente a los presentes. La srita. Nanette respondió:
-Lo sé amigos, lo sé…


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